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La triste vida y la muerte cruel de Yosnely a manos de un desalmado

  • La historia de una niña de trece años marcada por el abuso sexual, el abandono familiar y una protección institucional que no consiguió salvarla

¿En qué pensaría Yosnely aquella noche en que sintió un puñal entrar y salir repetidamente de su cuerpo? Ella no puede volver de su silencio para contárnoslo. Nunca sabremos si fue mucha su desesperación mientras huía de su agresor o si, en un momento de lucidez ajeno a su edad, pensó que el dolor de su pequeña vida terminaba para siempre. Que por fin encontraría la paz que jamás tuvo.

Porque Yosnely Álvarez, revictimizada por la cloaca mediática, era una niña triste, no la puta precoz en que fue convertida por gente que ni siquiera conocía las líneas gruesas de su historia. Una niña que en apenas trece años conoció los matices más turbios de la indefensión frente al abuso.

Vino al mundo con las cartas marcadas. La vida le jugaría siempre en contra. Fruto de un embarazo adolescente, parecía más hermana que hija de su madre. Las informaciones sobre su escolarización son confusas; todo hace pensar que fue poca. Con un núcleo familiar primario desequilibrado, pasó por la tutela de varios familiares.

Infancia interrumpida

En 2024, con apenas once años, le contó a su madre lo que le habían encarecido guardar en secreto: sus senos, que apenas asomaban, eran manoseados y lamidos constantemente por su “padrastro”, dieciséis años mayor. En ocasiones intentó tocarle la vulva, pero su infantil resistencia lo impidió. La madre le prometió hablar con el hombre, su pareja, y al parecer, lo hizo, pero el depredador permaneció en la casa.

¿Casa? Escribirlo es utilizar un eufemismo canalla. Porque no era una casa, sino una habitación en la que una sola cama la acogía a ella, a su madre y al hombre todas las noches. Mientras la madre dormía, él aprovechaba para excitarse con la niña. A su oído murmuraba la advertencia de manual: “Esto es entre tú y yo, no se lo digas a nadie”. Pero también ocurría de día, cuando estaban solos porque la madre había salido.

Desatendida la exigencia de guardar silencio, Osiris Yunior Rodríguez Madera tomó represalias contra ella. La maltrataba psicológicamente, la insultaba, le arrebataba el teléfono de la madre cuando intentaba distraerse mirando algún video. La enviaba de noche al colmado, sobre todo durante los apagones, con la amenaza de que, si no obedecía, vería lo que podía pasarle.

Ingreso al sistema de protección

En julio de ese año, una llamada anónima a la oficina regional del Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani), en Mao, advirtió a la directora de la institución de que Yosnely estaba siendo abusada por su padrastro. El día 5 de ese mismo mes, la fiscal de Niños, Niñas y Adolescentes y la funcionaria se presentaron donde vivía la niña para indagar sobre la denuncia. Se decidió entonces trasladarla a la Unidad de Violencia de Género para ser evaluada médica y psicológicamente. Cumplido este proceso, fue ingresada de manera provisional en un hogar de paso gestionado por una asociación sin fines de lucro para “proteger su integridad y su testimonio”.

Pero la niña que entraba al sistema de protección era una niña rota. Crisis de llanto, sueños “raros” con su agresor, temblores incontrolables. Hormigueo en el cuerpo, irritabilidad, pensamientos indeseados. Soledad profunda y nostalgia de su hermanita y de la madre, a la que no juzgaba. Depresión y ansiedad. Fragmentos de una vida de once años devastada por la violencia.

Su historia psicobiográfica y la entrevista psicológica forense la retratan: Yosnely consideraba el mundo un lugar inseguro y estaba persuadida de que no podía confiar en la gente. Su desarrollo normal, dicen los especialistas, había sido interrumpido por su exposición a experiencias sexuales a tan temprana edad.

Y un día se escapó del hogar de paso. Nadie se explica cómo, durante una actividad colectiva en el patio, Yosnely, menuda y delgadita, pudo escalar una pared y perderse sin que nadie se percatara. Avisada la Policía, se inició su infructuosa búsqueda. Nadie se explica tampoco cómo, sin contar con dinero o ayuda de un tercero, pudo trasladarse desde Santiago, ubicación del hogar de paso, hasta Navarrete.

Dos días después de su escapada, una tía comunicó al Conani que Yosnely estaba con ella. La fiscalía de Niños, Niñas y Adolescentes decidió, previa evaluación del núcleo familiar por parte del Conani, poner a la víctima bajo la tutela del abuelo materno.

Juicio y condena

Todos los informes periciales confirmaron las declaraciones de Yosnely durante la entrevista con los investigadores. Rodríguez Madera no tenía escapatoria. Presentada formalmente la denuncia en su contra, el 8 de julio se dictó orden de arresto, que se ejecutó el 21 de agosto. La víctima estuvo representada durante todo el proceso judicial por la encargada del Conani, única institución querellante.

El 27 de agosto, el tribunal impuso al acusado como medida de coerción una multa de cincuenta mil pesos, presentación periódica y prohibición de acercarse a su víctima a una distancia menor de mil metros, y la obligación de “abstenerse de contactarla por cualquier medio, molestarla, intimidarla y mucho menos agredirla en ningún sentido”. Violar la orden lo llevaría de inmediato a prisión.

El 8 de noviembre, el Ministerio Público presentó acusación formal contra Rodríguez Madera. Casi seis meses después, el 22 de abril de 2025, el Juzgado de Instrucción del Distrito Judicial de Valverde dictó la apertura de juicio de fondo. No fue hasta el 19 de febrero de este año cuando el Tribunal Colegiado del Juzgado de Primera Instancia de Valverde dictó sentencia: el depredador fue condenado a cinco años de prisión. La madre nunca declaró como testigo. 

Su trágica muerte

La foto es en sí misma la denuncia de su desamparo. En la orilla del río Yaque del Norte, cubierto con hojas de plátano, de su cadáver se alcanzan a ver las piernas. Su cuerpo violado fue arrastrado por la corriente a casi diez kilómetros de distancia del lugar en que Edwin Reynaldo Rodríguez la apuñaló. Creyendo borrar las huellas de su crimen, la lanzó a las aguas, que la devolvieron a tierra.

Desde el momento mismo del hallazgo del cadáver, hubo un desborde de conjeturas sobre las circunstancias de su muerte. No pocos dieron crédito a las declaraciones del asesino de que Yosnely y una prima que la acompañaba habían acordado con él un encuentro sexual, que este reaccionó violentamente cuando una de ellas le dijo que tenía sida, y que, herida, la niña saltó al río.

Frente a las cámaras de televisión y los micrófonos de los periodistas, los familiares construyen una imagen idílica de la niña, borrando su historia de abandono y abusos. Se protegen de la culpa. Era alegre y le gustaba bailar, dice la madre; disfrutaba jugar con una prima un año menor que ella, dice una tía; era hacendosa, agrega otra.

La niña rota no aparece en ninguno de los relatos. Ni en el de su asesino ni en el de los familiares. Para la opinión pública, Yosnely es el producto defectuoso de una crianza irresponsable, cuando no culpable de su propia desgracia. Para el sistema y el Estado, un simple daño inevitable.

Yosnely lo supo y lo experimentó temprano: su mundo era inseguro y nadie merecía su confianza. Había sido traicionada en vida y, muerta, lo sigue siendo.

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